El gran salto de los Vaquero

Alejada de todo y de todos, una central hidroeléctrica en Asturias es el ejemplo perfecto de la obra de construcción: el arte al servicio de la técnica.

 

El gran salto de los Vaquero

Un año después del final la Segunda Guerra Mundial y poco después de concluir la Guerra Civil en España, en plena Cordillera Cantábrica Asturiana, a 150 kilómetros de Oviedo, pero a muchas horas reales por culpa de unas carreteras endiabladas, en ese entorno imposible, Narciso Hernández Vaquero (uno de los fundadores de la empresa Hidroeléctrica del Cantábrico), decide ubicar la que en aquel momento sería la segunda presa hidroeléctrica más grande de Europa.

La construcción suponía un reto tan importante que tuvo que proyectarse un teleférico desde la costa para evitar el tránsito de unos cien camiones de 10 toneladas a través de esa carretera que unía el mar con la futura presa. Las imágenes que de su construcción se pueden rescatar del NO-DO y dan fe de su envergadura. Si se piensa en los medios técnicos y humanos existentes en la época, a la construcción de aquella obra de ingeniería no se le puede aplicar otro adjetivo que faraónica.

Más allá de esas mareantes cifras de kilómetros y metros cúbicos, lo que realmente abruma en esta presa es que sus promotores quisieran ir un paso más allá, convirtiendo una mera central de producción de energía en una obra de arte total, un ejemplo de integración de arquitectura, escultura y pintura en una obra industrial, que debemos a una saga familiar: los Vaquero.

Por un lado, su propuesta arquitectónica: junto con el ingeniero de caminos, canales y puertos Enrique Becerril, el proyecto general es del arquitecto Joaquín Vaquero Palacios (que era hijo de Narciso Hernández Vaquero). Suyas son las preciosas intervenciones generales de arquitectura, como las escaleras (con esa alegórica barandilla de cable eléctrico que la recorre en altura); la sala de control con sus materiales y perfecto cromatismo; el refugio, donde sitúa un sillón de descanso y reuniones, que simula ser una turbina; así como cinco miradores exteriores y tres puestos de control de las compuertas del aliviadero, con una rotunda influencia de la arquitectura expresionista, que proporcionan una poderosa fuerza final a la monumentalidad de la presa, aprovechando las posibilidades plásticas del hormigón armado, material que con encofrado sencillo de tablilla se utiliza en todo el conjunto.

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