Cine y Arquitectura: «The Maze Runner»

A nadie sorprende que a la fecha la industria del cine recurra continuamente a la adaptación de libros juveniles. Dicha tendencia ha creado trabajos muy dispares en cuanto a calidad, lo cual ha creado cierto escepticismo en el grueso del público y la crítica. “The Maze Runner”, siguiendo las pautas de esta tendencia sobresale por mostrarnos una historia, que aunque simple, está plagada por matices retorcidos, analogías poderosas de nuestra propia realidad y ambientadas dentro de una arquitectura opresiva y asfixiante.

 

Cine y Arquitectura: «The Maze Runner»

“The Maze Runner” tiene como protagonista, más allá de los personajes humanos, a la figura del laberinto, que desde la antigüedad ha sido dotado de múltiples significados. Simboliza confusión, desesperanza, misterio, y de la misma manera que intimida y aleja a todo aquel que lo contemple, es también un elemento de gran atracción que invita a la exploración, a perderse entre sus más profundos rincones.

El laberinto que presenciamos dentro de la cinta, se basa esencialmente en el planteado por el “Mito del Minotauro” griego. En una versión post industrial remplaza los muros monolíticos de piedra por unos de concreto armado, cuya estética brutalista recuerda mucho a los trabajos del arquitecto Louis Kahn y a estructuras propias del movimiento moderno como presas hidroeléctricas.

Los propios monstruos abandonan aquel origen mitad humano de la mitología para adoptar una apariencia biomecánica, de extremidades y cuerpos artificiales, la cual acentúa el alejamiento del hombre respecto a la naturaleza.  Aumentando el protagonismo del laberinto, este mismo ha sido dotado de movimiento.

Como si se tratase de un ente vivo, el laberinto cambia su estructura cada noche, ruge ante el descanso de sus cautivos y por las mañanas cuando abre sus puertas, grandes vientos emanan de ellas como si fueran el aliento de una bestia.

Al centro del laberinto, y en contraste con el carácter artificial del mismo, encontramos un gran espacio natural abierto conocido como “el área”. Dicho ecosistema cerrado funciona como un terrario, que en lugar de verse envuelto por paredes de cristal lo hace con muros gigantescos de concreto armado. En su interior alberga una sociedad que en apariencia ha logrado mantener el orden y con recursos limitados han sobrevivido las dificultades del propio laberinto y de su condición como cautivos.

El aspecto de esta sociedad integrada exclusivamente por adolecentes varones recuerda mucho a la de una sociedad primitiva de la edad de piedra en combinación con el carácter de un campamento de verano juvenil. A esto hay que sumarle una división social en clanes, que basada en la repartición del trabajo, le confieren de un aire feudal que termina por crear una estética ecléctica y atemporal.

La autarquía creada por los jóvenes cautivos está basada plenamente en un gobierno utilitarista, donde la escasez de recursos les obliga a tomar cursos de acción donde se maximicen los beneficios sobre las pérdidas. La constante llegada de nuevos miembros resulta un arma de doble filo, porque mientras aumentan su capacidad de explorar el laberinto también tienen una mayor necesidad de alimentos.

A la llegada del protagonista, dicha sociedad utilitarista se encuentra estancada. Habiendo desarrollado una autosuficiencia relativamente cómoda y ante la presencia inquebrantable del laberinto, acontece un adormecimiento social. El deseo de salir de ahí es remplazado por el valor de una vida tranquila y sin riesgos. Encontrar una salida se ha convertido en algo secundario y un tabú hacia la mayoría de la población con tal de conservar el mayor número de recursos humanos. Aquel adormecimiento solo será roto ante una de las mayores fortalezas de la humanidad, la curiosidad.

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