No enseñarle al bebé a caminar, la mejor forma de que aprenda

No enseñarle al bebé a caminar

No enseñarle al bebé a caminar, la mejor forma de que aprenda

No enseñarle al bebé a caminar. Familia y sociedad.

 

Es sabido que los padres de niños pequeños – en especial si el retoño es el primogénito – suelen tener algo de ansiedad ante cada “hito” de su crecimiento: sonreír, sostener la cabeza, sentarse, aplaudir, y caminar, el primer gran logro alrededor del año de vida. Pero a veces, en el afán de que ese momento llegue rápido, se estimula al bebé a caminar pero de una forma que puede resultar contraproducente. Es que lo mejor para que nuestro hijo aprenda a caminar, según expertos, es precisamente no hacer nada.

Los niños no suelen tener ningún apuro en alcanzar cada una de estas metas y otras que se dan más adelante. Somos nosotros quienes tenemos dificultades para respetar sus tiempos, pues existe en nuestra sociedad cierta competitividad con respecto a los hijos, que algunos padres y madres se toman muy a pecho, como si al alardear de cierta precocidad en el bebé mostráramos que es más inteligente. Caer en ese juego no es bueno para nadie, en especial para el bebé.

Cada criatura como individuo tiene sus propios tiempos y si no gatea o no camina todavía, no implica nada malo o negativo con su salud, sino que por ahora está a gusto descubriendo lo que lo rodea así y no está listo para dar el siguiente paso.

Psicomotricistas expertos han analizado el proceso evolutivo del bebé hasta lograr ponerse de pie y caminar por sí mismo, en situaciones en las que se respetan sus tiempos y valoran sus iniciativas, descubriendo la perfecta armonía con la que cada avance se desarrolla, además de que les permite crecer seguros, tranquilos y sintiéndose capaces de lograrlo todo.

Cuando un adulto interviene «estimulando» o provocando posturas que el bebé no domina, interfiere en la secuencia natural, y lo que termina haciendo es entorpecer las adquisiciones. El control del cuerpo en el espacio, el dominio del equilibrio, son vivencias que nadie tiene derecho a quitar ni menos se puede determinar cuál es el momento para colocar al niño en tal o cual posición. Las ayudas innecesarias son un obstáculo para el desarrollo.

Lo más sensato que podemos hacer es permitir al bebé ejercitar todos sus movimientos con libertad, para que conquiste poco a poco y por sí mismo la secuencia de posturas y desplazamientos que lo llevarán de la horizontalidad a la verticalidad.

Pero además, al permitirles aprender solos dejaremos una marca positiva en su confianza y autoestima de nuestros hijos. Esta vivencia de control del propio cuerpo, del equilibrio, del ejercicio de las propias iniciativas, tiene además una gran incidencia en el desarrollo emocional de los niños. Vincularse con adultos que le permiten actuar, que manifiestan placer al ver lo que el bebé sabe y puede hacer, que celebran los logros alcanzados por sí mismos, le ofrece una contención inmejorable.

En general, los bebés atraviesan las mismas etapas pero a distintos tiempos: la secuencia que va desde la posición sobre la espalda a poder pararse y caminar. Hay niños más precoces y otros más tardíos. Y lo verdaderamente importante no es a qué edad consiguen dar cada paso, sino cómo lo hacen: con seguridad, confianza, dueños de su propio cuerpo, o dependientes de que alguien lo asista para hacerlo.

La marcha se da generalmente entre los nueve y los dieciocho meses, considerándose normal en todos estos casos. Los que lo logran a los nueve meses son los precoces, y los tardíos lo harán hacia los 18 meses. El promedio de los niños suele comenzar a caminar alrededor de los dieciséis y no a los doce meses como indican muchas tablas de desarrollo.

Si el desarrollo autónomo es respetado y no se interfiere colocando al niño en posturas que aún no domina, todos los niños gatean, se sientan, se paran y caminan. Es toda una decisión entender que cada niño es un ser autónomo desde que llega al mundo, y merece que se respete su individualidad.

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