Por qué es tan difícil dejar de fumar

 El tabaquismo es uno de los grandes males de la vida moderna. Más allá de las leyes que imponen la colocación de fotos de alto impacto de los efectos del tabaquismo en las cajas de cigarrillos, que gravan con costosos impuestos la compra de este producto, y las campañas de concientización, lo cierto es que año a año se acumulan las víctimas de este hábito tan poco sano.

Lo cierto es que dejar de fumar es sumamente difícil, pues nada de todo esto parece alcanzar para motivar a los fumadores a dejarlo. Esto ocurre porque el tabaco produce una adicción compleja. Desde el punto de vista biológico, la nicotina produce efectos en el cerebro que hacen al fumador necesitar su próxima dosis.

Pero además, el cigarrillo genera una adicción comportamental, que hace que el fumador relacione todas sus actividades placenteras y su manejo de las situaciones de tensión al cigarrillo, y finalmente una adicción de carácter social, construyendo una imagen personal en torno al cigarrillo y relacionándose con los demás a partir de allí –en especial en la adolescencia, cuando la mayoría de los fumadores comienza a hacerlo.

La nicotina presente en el cigarrillo genera un efecto en el cerebro que a su vez produce síndrome de abstinencia, lo que hace que el fumador necesite encender otro cigarrillo para incorporar la dosis de nicotina en su organismo.

La nicotina se une a receptores específicos localizados en las partes más profundas del cerebro. Al unirse a esos receptores se segregan neurotransmisores responsables de diversos estados de ánimo positivos, lo que produce mejoría del ánimo, de la atención y estimulación general.

Fumar con frecuencia aumenta el número de receptores en el cerebro, con lo cual la persona necesita fumar más para obtener el mismo efecto. Pero lo grave es que además de la nicotina – sustancia adictiva pero relativamente inocua – el cigarrillo contiene 400 sustancias químicas, muchas de las cuales son carcinógenas o tóxicas, como el alquitrán, monóxido de carbono, amoníaco, arsénico, entre otras. Son estas sustancias las que en promedio, le quitan una década de vida al fumador.

El problema es que cuando el organismo no recibe la dosis de nicotina acostumbrada, dispara una violenta reacción llamada síndrome de abstinencia. Cuando ha pasado un rato desde el último cigarrillo – que varía de acuerdo al grado de adicción del fumador – comenzará a experimentar diversos síntomas muy molestos como enojo, irritabilidad, angustia, depresión, insomnio, alteraciones en la capacidad de atender y concentrarse, aumento del apetito, entre otros, que empujan a un nuevo cigarrillo.

Los expertos señalan que dado que el organismo sufre la falta brusca de la nicotina, el 95% de las personas que dejan de golpe y sin apoyo vuelven a fumar en el intervalo de un año. Por ello, dejar de fumar no es sólo cuestión de fuerza de voluntad sino que el apoyo de médicos especialistas en el marco de un tratamiento específico que abarque todos los aspectos de la adicción al tabaco, aumenta notablemente las posibilidades de éxito.

 

Los recursos que utilizan los tratamientos son:

 

– Farmacológicos:

Utilizando medicamentos que actúan sobre el cerebro aliviando el deseo de fumar y controlando el síndrome de abstinencia por falta de nicotina.

 

-No farmacológicos:

Tratamientos psicológicos que actúan en forma directa sobre la conducta del fumador intentando cambiarla.

 

– Mixtos:

una combinación de ambos, suele ser la estrategia más exitosa.

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